
Luchar contra las amenazas a la economía personal no es fácil. Día a día, cualquier persona se enfrenta a retos como los salarios ajustados, la inestabilidad laboral, los gastos crecientes y la dificultad para llegar a fin de mes y sumar algo al total de ahorro que se tiene acumulado.
De hecho, el colchón económico es, en muchos casos, un absoluto sueño irrealizable para los españoles. Los datos demuestran que la cuenta de ahorro de los españoles está, de media, 2,4 puntos porcentuales por debajo de la tasa de ahorro registrada en el conjunto de los ciudadanos europeos.
Son muchos los motivos que pueden explicar esta diferencia, pero lo importante es la conclusión a la que lleva este escenario: se vive peor, con mayor incertidumbre y con menos facilidad de hacer frente a retos como pagos inesperados, periodos de desempleo o cualquier otra situación similar.
En este contexto, una de las mejores medidas que se pueden tomar para cambiar el rumbo económico personal es formarse en el ámbito financiero.
Y no se trata de hacer un máster o convertirse en un especialista en macroeconomía: simplemente con entender cómo sacarle todo el partido a tu banco se puede mejorar la capacidad de ahorro y tomar mejores decisiones sobre cómo gestionar el dinero.
El banco: un aliado, si sabes cómo disponer tu dinero
Al pensar en el ahorro guardado en el banco, lo primero que hay que abordar es el concepto de inflación.
La inflación es la subida generalizada de los precios. Dicho de otro modo, la dificultad creciente que se da, con el paso del tiempo, de cara a llenar la cesta de la compra y hacer los pagos habituales.
Cualquier persona puede entender este concepto económico si piensa en lo que le costaba una barra de pan hace diez años y en lo que cuesta ahora. Esa subida de precio es generalizada y afecta a todas las facetas del día a día.
Lo que produce la inflación es que un euro valga menos hoy que hace una década. Por eso, la gente que tiene su ahorro en el banco, en la cuenta corriente, puede perder capacidad adquisitiva año a año si la remuneración que obtiene por ese dinero es inferior a la inflación, como suele ser el caso.
Productos de inversión: la rentabilidad y el ahorro
Las personas que gestionan verdaderamente bien su patrimonio económico tienen una clara división de ingresos y ahorro. En general, los especialistas en banca diferencian tres grandes secciones en las que hay que dividir el dinero en el banco:
- Cuenta corriente: en esta cuenta se deja el dinero líquido para operar en el día a día, hacer compras, pagar facturas, etc. Debe ser el mínimo posible, después de un proceso de estudio personal en el que cada persona o familia establece su margen de gastos mensual.
- Colchón de seguridad: es un dinero que se debe tener ahorrado, para tocarlo en caso de algún problema económico o gasto inesperado. Tiene que ser accesible rápidamente, por lo que no debería estar invertido a plazos que dificulten su disponibilidad ni en renta variable, con riesgo de reducirse en una mala época. Se recomienda conseguir un colchón de, al menos, seis meses de gastos habituales o esenciales, aunque esta cifra puede variar según la estabilidad de los ingresos y la situación de cada persona o familia. En algunos casos, se pueden meter en alguna cuenta de ahorro con un porcentaje de interés para paliar los efectos negativos de la inflación sobre esas cantidades.
- Dinero para inversión: es el dinero que verdaderamente se destina a vencer a la inflación y a incrementar el ahorro y, por tanto, el patrimonio personal. Es con estas cantidades con las que se ha de lograr una rentabilidad superior a la inflación, lo que se logra a través de distintas estrategias y asumiendo un nivel de riesgo acorde con los objetivos y el horizonte temporal de cada inversor.
Opciones de inversión bancaria para aumentar el ahorro
En el ámbito de la inversión, los bancos pueden ser grandes aliados, pues disponen de distintos productos, con niveles de riesgo adaptados a cada tipo de persona y pueden ofrecer asesoramiento e información sobre distintas alternativas de inversión.
No obstante, conviene comparar las características, costes, riesgos y rentabilidad potencial de cada producto antes de contratarlo, ya que no todas las alternativas son adecuadas para todas las personas.
Son tres las fórmulas habituales para mejorar la rentabilidad, catalogadas especialmente por el nivel de riesgo que el cliente asume para su dinero:
- Renta fija: el dinero se presta por un tiempo fijado en el contrato, a cambio de una rentabilidad también establecida. En general, algunos productos de renta fija pueden presentar un nivel de riesgo moderado o bajo, aunque no están exentos de riesgo. Además, su valor puede variar si se venden antes del vencimiento y existen, entre otros, riesgo de crédito y de tipos de interés.
- Renta variable: considerada una inversión de mayor riesgo, incluye activos como las acciones y también puede materializarse a través de fondos de inversión, incluidos los fondos indexados. Su valor puede experimentar variaciones importantes y, aunque ofrece un mayor potencial de rentabilidad a largo plazo, también existe el riesgo de sufrir pérdidas.
- Fondos combinados: existen fondos que combinan ambas fórmulas; de esta manera, el riesgo se reduce, aunque nunca a cero, y también se aumenta la posibilidad de obtener rendimiento respecto a la renta fija. Estos productos suelen denominarse fondos mixtos y combinan inversiones de renta fija y renta variable en distintas proporciones. El nivel de riesgo dependerá de la composición concreta del fondo.
El primer paso para invertir: el ahorro
Saber que los bancos tradicionales cuentan con todas estas opciones es indispensable para saber qué hacer con el dinero.
Sin embargo, para muchas personas, el principal problema está en cómo generar una cantidad de ahorro suficiente como para poder plantearse estas inversiones o productos con intereses.
Para ello, la disciplina es el principal aliado. Por supuesto, los bancos ofrecen herramientas para favorecer el ahorro.
Un ejemplo son las cuentas meta. Se trata de unos productos paralelos a la cuenta corriente donde el cliente puede establecer unos objetivos de ahorro, así como unos protocolos de acumulación automática.
Por ejemplo, se pueden establecer los siguientes recursos que permiten que se ahorre casi sin notarlo:
- Redondeo automático: al pagar con tarjeta, el gasto se redondea al euro superior más cercano para llevar el sobrante a la hucha.
- Ahorro de nómina: se puede fijar un porcentaje de ahorro de la nómina que se va a retirar cada mes al mismo cobrar para que el cliente no cuente con ese dinero.
- Ahorro del remanente: la cuenta se configura para que retire todo el dinero sobrante a final de mes y se lo lleve a esas cuentas meta establecidas. Esta última opción puede resultar útil, aunque para muchas personas puede ser más eficaz establecer el ahorro al principio del mes, de forma que se destine una cantidad determinada al ahorro antes de realizar el resto de los gastos.
Estos son tan solo algunos de los recursos que se pueden utilizar para ir sumando pequeñas cantidades que en el día a día no solucionan prácticamente nada, pero que en las cuentas tipo hucha pueden acumular grandes cantidades con las que comprar un coche, generar el colchón de seguridad o sumar el dinero necesario para comenzar la rueda de la inversión.