El gasto invisible: el dinero que gastas sin saber que lo estás haciendo

gasto invisible fantasmaHace unos años hice un experimento con mis finanzas personales. Decidí pedir y guardar todos los tiques y facturas de mis gastos durante un par de meses. No incluí los pagos por tarjeta, porque eran fáciles de rastrear a posteriori con la banca online. Luego, tomé el tiempo de sumar todo, y me encontré con dos hechos. Primero, no me cuadraban las cuentas (había gastado más de lo que tenía registrado) y segundo, los mini gastos sumaban varios cientos de euros. Fue entonces como tomé mayor consciencia del gasto invisible, es decir el dinero que vamos gastando sin realmente saber que lo estamos haciendo.

Recordando este experimento, he pensado que estaría bien volver a escribir sobre una categoría de gasto que creo que es la más difícil de controlar: no los gastos olvidados, no los caprichos conscientes, sino los gastos que el cerebro directamente no procesa como gasto. Los que existen, salen de tu cuenta, y sin embargo casi no dejan recuerdo.

Por qué el cerebro ignora estos gastos

Hay una diferencia importante entre un gasto automático y un gasto invisible. El gasto automático lo conoces  (la suscripción al gimnasio, el seguro anual) aunque no lo pienses cada mes. El gasto invisible es distinto: en el momento en que ocurre, tu cerebro no lo registra como «he gastado dinero».

Hay varios motivos para esto. El primero es el importe: por debajo de cierta cantidad, el cerebro aplica un filtro y lo descarta como irrelevante. El segundo es el contexto social: cuando muchas personas pagan algo en un contexto de ocio o de relación con otras personas, no lo perciben como una transacción económica sino como parte de la experiencia. El tercero, y este es cada vez más importante, es la interacción casi inexistente del pago digital: acercas el móvil o la tarjeta y listo, sin contar billetes, sin ver el dinero salir, sin siquiera tener que teclear tu código PIN, salvo muy ocasionalmente.

El resultado es que hay gastos que haces decenas de veces al año sin que nunca activen tu radar económico.

Los ejemplos concretos (y los cálculos asociados)

Voy a poner algunos ejemplos típicos. Quizás no todos te aplican, pero seguro que alguno te suena.

El café de media mañana. No el que te haces en casa, sino el del bar de abajo con los compañeros. Son 1,50 euros. Una tontería. Pero si lo haces cada día laborable, son 1,50 × 220 días = 330 euros al año. Y eso sin contar las veces en las que te animas a pedir algo más para acompañar.

El parking «un momento». Vas a hacer un recado rápido, aparcar en zona azul te cuesta 1,50 o 2 euros, tampoco es para tanto. Pero si lo haces dos veces por semana durante todo el año, son tranquilamente 150 euros anuales en aparcamientos que no recuerdas haber pagado.

La propina automática. Hay personas que dejan propina por reflejo, sin valorar si el servicio lo merece. No digo que no haya que dejar propina. Estamos hablando de gastos invisibles. Si la dejas siempre, de forma automática, dejando 1 o 2 euros cada vez que comes o cenas fuera, y lo haces unas 80 veces al año, son 120 euros que salen sin ningún tipo de decisión consciente.

El snack de la máquina. Son las 4 de la tarde, tienes una bajada de energía, y la máquina expendedora está ahí. 1,20 euros tres veces por semana son 180 euros al año en galletas y barritas que no tenías pensado comprar cuando saliste de casa por la mañana.

Las compras dentro de apps. «Solo son 0,99 euros.» Es la frase más peligrosa del consumo digital. Una vida extra en un juego, un filtro, un capítulo de una serie en una plataforma que creías que ibas a cancelar. Son importes tan pequeños que el cerebro los clasifica casi como gratuitos, pero en el extracto están ahí, uno detrás de otro.

El producto cogido de paso en el súper. Vas a por leche y pan, y de camino a la caja coges algo del lineal que te ha llamado la atención. No estaba en la lista, pero tampoco era un capricho premeditado: fue un impulso de dos segundos. Pasa constantemente, y es difícil de cuantificar precisamente porque nunca lo planificas.

Si sumas solo los cuatro primeros ejemplos de la lista, como el café, el parking, la propina o el snack, ya tienes más de 700 euros al año. Y eso te puede parecer poco o mucho, según tu nivel de ingresos y como gestionas tus finanzas. Pero no es

Cómo hacer visibles estos gastos

Ten en cuenta que no estoy diciendo que esos gastos tendrían que ser eliminados. No. Solo digo que es recomendable ser más consciente de ellos.

¿Cómo? La solución no es complicada, aunque requiere un poco de esfuerzo inicial.

Lo primero es mirar tu extracto bancario buscando específicamente los pagos pequeños, los de menos de 3 o 4 euros. Normalmente los ignoramos porque nos fijamos en los importes grandes, pero ahí es exactamente donde se esconden estos gastos. Si los filtras y los agrupas, el patrón aparece rápido.

Lo segundo, y esto lo he hecho yo en alguna ocasión, es pagar en efectivo durante dos semanas. El simple hecho de tener que sacar monedas y contar el cambio reactiva una percepción del gasto que el pago digital ha anestesiado completamente. No hace falta hacerlo siempre, pero como ejercicio de toma de conciencia funciona muy bien.

Lo tercero es, antes de hacer uno de estos pequeños gastos, hacerse consciente de que es un gasto. Suena a perogrullada, pero no lo es. La próxima vez que vayas a pedir el café del bar, haz la operación mental: «esto son 1,50 euros». No para no pedirlo, sino para decidirlo. Hay una diferencia notable entre gastar por inercia y gastar por elección.

El objetivo no es no gastar, sino decidir

Quiero insistir en ello, porque si no, esto puede sonar a que propongo vivir contando cada céntimo y renunciando a todo placer cotidiano. No es eso.

El café con los compañeros tiene un valor real: es pausa, es conversación, es relación social. La propina tiene un valor ético cuando el servicio lo merece. El snack de las 4 a veces es lo que necesitas para aguantar el resto de la tarde. No estoy diciendo que elimines estos gastos.

Lo que sí creo es que hay una diferencia entre gastarlos como decisión consciente y gastarlos como automatismo invisible. Si decides tomarte ese café porque lo valoras, perfecto. Si lo haces porque siempre lo has hecho y ni te lo has planteado, es posible que haya días en los que prefieras no hacerlo, y ahora mismo ni siquiera tienes esa opción, porque el piloto automático ya ha decidido por ti.

Recuperar esa decisión, hacer visible lo que era invisible, no cuesta nada. Y en el camino, puede que ahorres más de lo que pensabas.

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